ENTENDER LA RUPTURA: Historia. (PARTE 1)

ENTENDER LA RUPTURA: Historia. (PARTE 1)

Hace unos 10 millones de años cuando eran nuestros antepasados los primates los que vivian en la tierra, no existia el concepto de pareja ni familia. Más bien el sistema relacional que se daba entre las hembras y los machos era el de poligamia donde las hembras copulaban con numerosos machos y los machos mantenían una lucha entre ellos para copular con el mayor número de hembras. Cuando nuestros ancestros se irguieron y comenzaron a caminar, los bebés que nacían, lo hacían antes por lo que para su cuidado y para la supervivencia de la especie, empezaron a aparecer las primeras uniones monógamas en las que el macho permanecía cercano a la hembra y a sus congéneres. No fué ésta unión algo sentimental. Solamente a partir del homo sapiens, y se puede constatar a través de los restos de enterramientos, apareció claramente la idea de cuidado y de sentimiento afectivo hacia otras personas.

En el Neolítico aparecen ya los primeros poblados y se llevan a cabo la diferenciación de funciones de hombres y mujeres dentro de la sociedad, dedicándose los hombres a asegurar comida y las mujeres a cuidado de los hijos. Los hombres además pretendían asegurar el paso de sus tierras a sus hijos por lo que la relación monógama se asentó como sistema social para asegurar este traspaso de propiedades de padres a hijos.

Alrededor del siglo II y I a.c el esplendor grecorromano gobernaba en la mayoría de la tierra conocida. En estas sociedades la unión de la pareja llegó a tener un tinte social y legal a través del matrimonio .Casarse era un simbolo de nobleza y otorgaba buena imagen. La idea del matrimonio estaba unido a la amistad y lealtad. El divorcio se dió en numerosas ocasiones sobre todo en clases sociales altas.

A partir de tiempos del emperador Marco Aurelio se produjo un cambio en las costumbres: La mayoría de los matrimonios no eran llevados a cabo por un sentimiento afectivo, sino más bien era como una especie de contrato firmado entre dos familias. La mujer no podia mantener relaciones extramatrimoniales, no así como el hombre, que podia mantener relaciones con cortesanas o sacerdotisas y no eran castigados por ello.

Posteriormente, ya en la Edad Media, la Iglesia cristiana tomó el poder y empezó a imponer su ley dentro de las relaciones de pareja: por primera vez en la historia, el hombre tenía que casarse para toda la vida. Y este vínculo no se podía romper, ya que todo estaba bajo la atenta mirada de Dios. Por lo que las parejas no se podían romper, por muy mal que fuese la relación.

 

Divorcio de Napoleón y Josefina.

Divorcio de Napoleón y Josefina.

A finales del siglo XIX, en Europa el estado proponía una versión laica de las obligaciones y deberes que la Iglesia había impuesto durante mucho tiempo. En Francia, el código napoleónico regulaba el matrimonio: la pareja era una familia con un cabeza de familia que tenía todo el poder. La función de la mujer era tener hijos y era propiedad del hombre. Los esposos se debían fidelidad mutua y, mientras que el marido debía proteger a su mujer, ésta debía obedecer a su marido. El divorcio seguía siendo prácticamente imposible y el placer seguía siendo un tabú. No obstante, algunas mujeres empezaron a aventurarse algo más que lo habitual en el terreno de las infidelidades conyugales.

 

En España en la mitad del siglo XIX cabe destacar una tendencia literaria denominada Romántica , en la que sus autores a través de sus prosas o poesías destacaban un amor romantico e idealizado y en el caso de no ser correspondido podia generar sentimientos de angustia existencial, tristeza e incluso ideas suicidas o de muerte. Gustavo Adolfo Becquer y Rosalía de Castro son unos de sus principales representantes.

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase de perdón…
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor
yo digo aún: “¿Por que callé aquél día?”
y ella dirá. “¿Por qué no lloré yo?
Gustavo Adolfo Becquer

 

En los años 40, ya en el siglo XX, el divorcio seguía estando mal visto; de hecho, era propio de “mujeres sin principios” y los hijos de padres divorciados estaban prácticamente “condenados al fracaso”. Nadie recibía a divorciadas, porque estaban solas y se corría el riesgo de contrariar al marido. Se tenía muy en cuenta la opinión del marido, ya que éste representaba el bien y el valor económico. El matrimonio era para toda la vida y no había que divorciarse por los hijos.

 

A finales de los años 60 se produjo una revolución en Occidente: se protestó contra el orden establecido bajo todas sus formas. De repente empezó a tambalear un modelo que se había venido manteniendo desde hacía miles de años. Era un momento clave en el que se pasó de la noción de familia a la de pareja. El ideal de la pareja se convirtió en el de dos individuos que querían ser felices y desarrollarse juntos, sobre todo sexualmente. Tal es el caso del movimiento de Mayo de 1968, en el que se reivindicaba que los chicos y chicas pudieran ir a los campus universitarios femeninos y masculinos, respectivamente. Muchos estudiosos consideran este movimiento como una reivindicación del propio cuerpo y de la propia sexualidad (tanto del hombre como de la mujer, pues hasta el momento ambos habían tenido que afrontar sus correspondientes prohibiciones). Entonces el placer empezó a no ser pecado y se defendía la libertad en todos sus sentidos. Las prácticas sexuales previamente perseguidas, prohibidas, reprobadas y calificadas de perversas, se convirtieron en prácticas lícitas. Constituyó, pues, una auténtica revolución que fue posible también, en parte, gracias a la comercialización de la píldora anticonceptiva. Esto liberó a la pareja, eliminando la angustia ante la posibilidad de un embarazo no deseado. Para las feministas fue el resultado de una larga lucha. Se podía decidir sobre la maternidad y sobre el placer. También coincidió con el descubrimiento del papel del clítoris en la sexualidad de femenina. Por lo que la familia ya no era un paso obligatorio: la pareja podía existir con o sin niño. Al mismo tiempo, el marido fue perdiendo la autoridad histórica que tenía sobre la mujer; ante la ley, el hombre ya no era el cabeza de familia. A partir de entonces, la mujer podía trabajar sin la autorización del marido, por lo que también constituyó el principio del fin de las amas de casa. Básicamente, se rechazaba la autoridad y las jerarquías (como la de la pareja y la de la familia, en las que normalmente había un jefe -el marido- y por debajo el resto -esposa e hijos-). A partir de este momento, una pareja la constituirían un hombre y una mujer a partes iguales. De hecho, todavía se siguen valorando todas las consecuencias de este cambio.

A partir de los años 70 se empezó a plantear la cuestión de la violación conyugal que implicaba que una mujer casada podía ser violada por su marido porque aquél no era el propietario de la mujer y ésta no estaba definida en calidad de esposa, sino que seguía siendo ella misma, por lo que podía negarse. Y con esto apareció la posibilidad de divorciarse.

 

La concepción de pareja y de su ruptura ha cambiado muchísimo en los últimos años. Es curioso comprobar como debido a ideologias políticas, sociales o religiosas, una pareja no podia romper o separarse, siendo condenados a “soportar” una vida entera juntos.

Toda esta tradición de represión y poca libertad de los individuos para elegir, aunque en nuestros días ya está superada, condiciona en ciertos aspectos aún nuestra forma de comportarnos y de pensar. Seguimos pensando en ese amor idealizado para toda la vida, soportar todo por la familia y/o por los hijos,etc…

Todo ser humano tiene que aprender a ser capaz de afrontar una decisión de ruptura de forma coherente y respetuosa, si esa opción es la que le conduce al bienestar personal. Esto significará pasar por un periodo de duelo, en el que experimentará cambios dolorosos. La anticipación de este dolor también puede alejarnos de tomar decisiones apropiadas.

 

Ana Belén Rodríguez Fernández

Psicóloga y Sexóloga

Centro Sees 

 

Psicóloga y Sexóloga especialista en Terapia de Pareja.
info@centrosees.es
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